María Teresa Aguirre
Ayer cundió el pánico por la noticia de que modelos de inteligencia artificial de Open AI hackearon -de manera autónoma- un repositorio de información que se suponía muy seguro. ¿Se cumplirá la profecía de que, igual que en Matrix, las máquinas se rebelen y hagan de las suyas?
Con la vorágine del avance tecnológico, quién sabe. Pero no demonicemos aún a las maravillosas herramientas que nos han dado acceso. En el entorno de las comunicaciones, es innegable que la IA nos ha facilitado muchísimo el trabajo: hoy podemos procesar datos, redactar borradores, estructurar planes, tener mejores ideas, hacer benchmarks, diseñar piezas, editar videos, todo a la velocidad de la luz.
¿Pero será posible que la IA nos reemplace? Por lo menos hoy, la respuesta es definitivamente no.
Un software opera bajo parámetros lógicos, pero las comunicaciones se gestionan en el terreno de lo emocional, lo político y lo social. Por más “cercanas” que nos parezcan las interacciones con estas herramientas (al punto que ya no son pocas las personas que conversan con ellas e incluso la reemplazan por un psicólogo), la IA carece por completo de olfato político, de empatía humana y de juicio ético. Un algoritmo no sabe leer la tensión en una mesa de negociación, ni comprende los matices culturales de una comunidad afectada, ni tiene la sensibilidad para pedir disculpas legítimas.
En síntesis, existe una brecha insalvable entre lo que un algoritmo calcula y lo que un experto en comunicación corporativa comprende.
Dicho esto, es preocupante ver cómo algunos ejecutivos creen que es posible reemplazar las funciones de comunicación estratégica por el uso de herramientas tecnológicas. Entregar la voz pública y el timón relacional de una empresa a una máquina no es modernizarse; es abdicar de la gestión del activo más valioso de la compañía.
El cuidado del capital reputacional exige un rol preventivo, proactivo y estrictamente estratégico en la mesa directiva (C-Suite). Las comunicaciones no son un equipo de bomberos que se convoca cuando el edificio ya se está quemando. En la era de la automatización, el juicio humano, la empatía y la gestión estratégica de las relaciones son activos de alto valor. Todo lo demás es una ilusión peligrosa. Al final del día, la tecnología puede optimizar procesos, pero jamás podrá asumir la responsabilidad de su credibilidad.
Si un algoritmo comete un error crítico que destruye la confianza de sus empleados, clientes e inversionistas, ¿a quién le pedirá cuentas el mercado?

